La Vecilla
Tiene La Vecilla el encanto especial que sólo algunos enclaves privilegiados son capaces de ofrecer. Sus razones exactas escapan a la definición, como es indefinible la sensación de bienestar que se experimenta bajo el ramaje de una ribera, en la canícula de agosto.
Después de habernos demorado por la orografía de las cabeceras de los ríos, donde escorzos gigantes golpean sin tregua la mirada, en el municipio de La Vecilla la grandiosidad cede paso a la dulzura. La suavidad de las laderas que se asoman al valle por el páramo alto, los verdes regadíos, una vainica de árboles y sebes vegetales entretejiendo el pie, el paso del Curueño ya río adulto que se desangra hacia Ambasaguas.... todo es cambiante como calidoscopio tocado por la luz.
Se llega a La Vecilla por cuatro puntos cardinales. La LE-311 nos acerca desde León, por el cruce de Robles, donde se toma la C-626, o vía transversal que une Guardo y La Magdalena. Si se viene del sur, es la LE-321, que entra en el municipio por Sopeña y La Cándana. Por el norte, el Curueño y La Calzada romana de Vegarada disputan a la ruta el paso que se quebró en lo alto del puerto. Es La Vecilla nudo de caminos, enriquecido por la vía férrea de la FEVE, el novelado Transcantábrico.
Esta envidiable situación, que toca cumbres casi con la punta de los dedos y refresca sus pies en el verdor de la ribera, le da esa gloria tan huidiza de definir. Por ello es elegido año tras año como lugar de veraneo de una colonia casi aristocrática, y solaz de escolares que hormiguean las márgenes del río.
La superficie del municipio es solamente de 44,2 km2, que representan el 9 % del territorio de La Mancomunidad. Agrupa cuatro pueblos, y tuvo un censo de 450 habitantes, en el año 2.000.